Les figues

Fraga, capital de la comarca del Bajo Cinca, tiene una rica huerta que desde siempre ha sido trabajada por los fragatinos, buscando sacarle sus mejores frutos y rendimientos. Hoy son las frutas de agua: peras, melocotones, manzanas,… con diversidad de variedades.

Pero aún recuerdan todos la época en que el principal cultivo en Fraga eran las higueras, siendo los higos de esta comarca, tanto los de Fraga como los de Torrente y Velilla de Cinca, conocidos y famosos por lo buenos y melosos. Gracias a la calidad de los higos y la artesanía con que los envasaban, los higos secos de Fraga se vendieron por toda España y hacia el extranjero, consiguiendo Fraga gran fama por ellos, asociándose el nombre de Fraga a los higos secos. Y aún persiste. Mucha gente a su paso por Fraga, antes y ahora, paran para adquirir unos higos secos como recuerdo de Fraga. Hay un dicho que así lo expresa: “No hay higos como los de Fraga, que por todo el mundo pasean su fama”

Durante muchos años la higuera ha sido la base de nuestra agricultura. Es un árbol de gran tamaño, de hojas grandes y abundantes de ramas ásperas y débiles; es un árbol sufrido, que pide poco: no necesita riego ni poda, ni sulfatos ni abonos ni cuidados especiales. Puede estar en cualquier sitio o rincón del campo, o en los ribazos. Suele vivir muchos años; si se hiela, se corta por la cruz, y en dos años ya se vuelve a tener higuera. Las más viejas, de troncos muy grandes, a veces quedan con el tronco hueco, viviendo solo a través de su corteza, y los niños la aprovechaban para esconderse en sus juegos.

Y a cambio da mucho: buena sombra y muy fresca, fruto abundante a lo largo de bastantes días, que se puede coger y tomar en verde o se puede secar y guardar para los días del invierno. Los higos peores o los que caían del árbol, anteriormente servían para la crianza del tocino, al cual se le ataba al pie de la higuera para aprovechar los higos que caían, dejando limpio el sitio. Se aprovechaba para leña, y las hojas para pasto del ganado. Es un árbol que no tiene flores vistosas ni aromas, pero es un árbol grandioso de porte y hermoso. Y pocas veces falla la cosecha de sus frutos. De los troncos viejos salen las finas “setas de higuera”, muy apreciadas y buscadas, y de las que se dice que “no tienen amo” y cualquiera las puede coger, lo cual más de una vez ha ocasionado discusiones.

La higuera es un árbol típico del área mediterránea, y se puede asegurar que desde siempre ha habido higueras en Fraga. Se sabe que los moros mejoraron y cuidaron mucho la huerta de Fraga y casi es seguro que fueron ellos los que poblaron Fraga de higueras. Pero no fue hasta finales de siglo pasado cuando se inició el comercio e industria de secar y envasar higos. El aumento de las ventas y los altos precios por causa de la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial, animó a realizar grandes plantaciones de higueras y que la población fragatina se dedicara en su mayor parte a la producción, manipulación y comercio de higos. Esto hizo que los higos se convirtieran en la principal industria de Fraga. Representaba una riqueza para la comarca, ya que era, en aquellos tiempos, un fruto fácil de guardar y transportar sin medios de conservación.

En Fraga se cultivaba principalmente el higo blanco, que de verde pasa a amarillento al madurar, y al secarse cambia a blanco. El higo está maduro cuando le salen unas grietas blancas en la piel y se empieza a mustiar. Si entonces no se coge, acabará como higo mustio, que caerá fácilmente al suelo por acción del viento o de la introducción de la escalera. Por aquel entonces todos los higos se comercializaban secos, pues no había comercio de higos verdes.

Para recolectar el higo, debe clavarse la uña en su pedúnculo, dejando el higo entero y sin aplastar. Los higos recién cogidos se echaban en los cañizos, donde se seleccionaban según calidades: verdes, mustios, chafados, … .etc. Los higos secos buenos, la mayor parte, formaban la “partida”, que se vendería luego a los almacenes de higos. El producto más selecto, los higos mejores, limpios y blancos, se les llamaba higos de flor, que se pagaban a mejor precio.

Los higos cundían para todo. Guardaban una buena cantidad de la calidad inferior (higos comunes) para los animales de la casa: tocinos, mulas, asno,… guardándose los “figalls” (higos abiertos al madurar) y los que tenían más miel para casa, para el invierno. Un postre típico era hacer “panae”, que consistía en abrir un higo seco, poner dentro dos o tres trozos de nuez o almendras, cerrarlo y comérselo. Los figalls se aprovechaban a base de secarlos abiertos del todo y luego se casaban encarados, mezclando su miel, y así se conservaban bien. El resto de higos de baja calidad (comunes) se vendía para fabricar alcohol.

En cada finca se procuraba tener alguna higuera negra, que son las que hacen unos higos de piel azul oscuro y que al madurar se vuelven negros por fuera pero con una carne roja y dulce en su interior, de gran paladar. Este higo no da trabajo, pues no requiere cuidados y los que no se destinaban al consumo de boca, se secaban sin cuidados, o en el mismo árbol, y se aprovechaban para comida dé los animales o incluso para el alcohol. Una clase de higuera negrá da dos cosechas: una temprana aunque poco abundante, que madura para San Pedro, dando unos higos más grandes de lo normal, denominados brevas, y la cosecha normal, abundante, para septiembre. Un dicho expresa así: “Para San Pedro, el higote negro”, e incluso hay una leyenda popular que cuenta que cuando Jesucristo iba por el mundo y pasó por Fraga, acompañado de San Pedro, a éste le entró hambre, y Jesucristo hizo madurar una higuera negra para que pudiera comer. Por eso, se dice, los higos negros son para comer, no para secar y guardar.

 

La temporada de recolección de los higos

La recolección de los higos empezaba tras pasar la Feria y Fiestas de San Bartolomé, el 24 de Agosto, y duraba algo más de un mes. Era la mejor temporada del año, el otoño, en el que hay abundancia de frutas y verduras, ya se había cosechado en el monte, se tenían las patatas recogidas y hasta se habían plantado las coles. Toda Fraga se dispersaba por las huertas y montes de riego, dejando el pueblo despoblado, solo con los pocos “oficiales”, pues casi toda la población era agrícola. Los higos daban trabajo a toda la familia: los hombres recolectando, las mujeres poniéndolos alineados en los cañizos, para secarlos, y los niños ayudando a recoger los del suelo, resiguiendo los pies de las higueras, o llevando cestas vacías, o ayudando a alinear o voltear higos en el secador. Sus madres o abuelas les contaban cuentos y canciones tradicionales mientras ayudaban, pero ellos pronto se escapaban a jugar con el montón de los dados o pilones que se usaban para separación de los cañizos al apilar.

Casi todas las familias se quedaban a vivir en la propia huerta o monte durante todo el mes de la recolección.  Se llevaban provisiones abundantes: el tocino, gallinas, conejos… Aquellos que no disponían de refugio o caseta debían bajar cada día a hacer noche en Fraga, y volver al día siguiente al campo.

Si hacia buen tiempo, o sea ausencia de lluvias y algo de viento Cierzo, los higos se hacían muy buenos y vistosos, y apenas se estropeaban unos pocos, pero cualquier pequeña lluvia, e incluso la humedad de las últimas noches de septiembre, hacia que muchos higos verdes se abrieran antes de madurar, se mustiaban y se agriaba en el propio árbol, formando lo que se llama “badocs”, que se podrían y caían al suelo. La lluvia conllevaba una gran merma de cosecha y de ingresos.

Para recolectar los higos se usaba una larga escalera de madera, que ya la denominaban de coger higos. Estaba hecha de un remo de navata, que siempre son largos y rectos, partido por la mitad, con los escalones encastrados y asegurada por tres travesaños que la ataban. Se trasladaba vertical, derecha sobre el hombro, y la metían entre las ramas de canto, contra una horquilla de dos ramas (forcall) , y luego la giraban, poniéndola casi vertical. Por alta que fuera la higuera, la escalera llegaba hasta la punta, pues las escaleras eran muy largas, algunas hasta 22 escalones, si bien lo normal era de entre 14 y 18 escalones, usando unas u otras acorde a la altura de la higuera. Si la escalera cimbreaba, se ataba con un trozo de cuerda que ya se tenia preparada en la punta de la escalera.

Normalmente se hacían tres recogidas, una cada 8 o 10 díás, siendo tarea de los hombres. Para recoger los higos llevaban una cesta de mimbre, redonda y con asa de lado a lado, a la que ataban un gancho del que la colgaban a la propia escalera o a las ramas. Para acercarse las ramas lejanas se ayudaban de otro gancho, largo, de rama de ciruelo, olmo u otra madera resistente. Empezaban a coger por la punta de la higuera e iban bajando peldaños hasta llegar abajo, con la cesta casi llena. Los higos los iban vaciando en un canasto grande y muy plano (cartró arrobé). Cuando se llenaba, llamaba a una mujer, ayudándola a ponérselo en la cabeza, y ella lo llevaba a la zona de secado.

El secador casi siempre estaba situado en la era, llena de cañizos vacíos. Los cañizos estaban algo levantados del suelo, sobre troncos o piedras, para permitir el paso del aire por debajo. Encima de los cañizos, en cruz, se ponían 5 pilones o tacos cúbicos, que hacían de separadores al apilar los cañizos, llenos de higos, uno sobre otro.

Los higos se echaban sobre los cañizos, y las mujeres y niños los alineaban, separando en distintos cañizos los verdes de los mustios y de las feos, pequeños o aplastados. Estos últimos, de poca calidad, denominadas higos comunes, se secaban sin gran esmero pues se vendían para fabricar alcohol. La labor de alinear los higos debía hacerse bien hecha, pues si quedaban amontonados, no se ventilaban o secaban lo suficiente o si se guardaban calientes del sol, se podían podrir.

Los higos verdes requerían 4 o 5 días para poderlos girar boca abajo, uno a uno, mientras que los marchitos bastaba con tres días. A medio secar los higos les solía salir una gota de miel, muy dulce y fina, que los niños recogían con sus dedos y se la llevaban a la boca.

Durante el proceso de secado, los higos eran muy delicados y daban mucho trabajo: se tenían que voltear, para un correcto secado, y se les debía proteger de la humedad y rocío de la noche, así como de la lluvia. Para ello, cada noche, o de día en caso de lluvia, se apilaban los cañizos, en pilas de 8 o 10, y encima se ponía uno de tapa, algo mayor, lleno de hojas y ramas, a modo de tejado. Lo mismo había que hacer en caso de lluvia. Si alguien estaba solo, no tenia otro remedio que ir a buscar algún vecino para que le ayudara. Al día siguiente se desapilaban y extendían para que les tocara el sol y el aire.

Cuando ya parecían secos, se esperaba a que se escondiera el sol y se enfriaran, y uno a uno se tocaban para comprobar que estuviese seco y se retiraban, poniéndolos en canastos grandes, para llevárselos a casa, separando los de “flor” (los más hermosos y escasos) de los de “partida” (la mayor parte) y los “comunes” (los más oscuros y feos).

Una vez en casa se hacían tres montones en el suelo, según las calidades mencionadas, hasta el momento de venderlas. Se tapaban con sacos o telas para que no se secaran demasiado. No fermentaban, pero si estaban mucho tiempo, les salía una nieve de azúcar sobre su piel, cogiendo aspecto de estar enharinadas. Cada calidad tenia su precio, pero normalmente se negociaba la “partida”, que se solía pagar entonces a 15 duros la arroba, y las de flor al doble. En un año bueno, Fraga producía alrededor de 200.000 arrobas de higos secos, sin contar los comunes. Había la costumbre de enseñar la partida de higos que se tenia a las amistades.

En esta época la huerta y monte fragatino se llenaba de jotas cantadas, pues los hombres en las escalas y las mujeres en el secador, tenían pronto el animo listo para la jota. La jornada era de sol a sol, pero la noche ya alargaba, lo que permitía ir bien de sueño y disponer de tiempo libre al atardecer. Por la noche se llenaba la huerta de luces (de candil o carburo) pues se juntaban para pasar la velada; contando los abuelos sus historias, los niños jugando, y en alegre conversación.  Tras una o dos horas de velada, cada familia se retiraba a dormir a su pajar.

Para la recolección de los higos la gente se contrataba para un mes, que era la duración de la campaña, y la semana antes de la fiesta de la Virgen del Pilar ya volvían todas las familias a casa, con sus animales.

Si el mes de los higos, septiembre, empezaba en domingo, se decía que señalaba desgracia, y en prevención se debía atar la escala a la higuera. Casi todos los años caía algún hombre de la escalera, caída que era muy mala por la altura, ocasionando alguna vez la muerte. Los domingos no se recolectaba higos, pues estaba mal visto, aunque tampoco se iba a hacer fiesta, salvo los solteros por la tarde; se trabajaba en otras tareas. Si llovía para el tiempo de los higos, cosa que los estropeaba mucho pues se abrían antes de madurar, se pasaba apuros de dinero en el invierno, por lo que algunas mujeres, para dar de comer a la familia, iban por las casas pidiendo, y para no ser reconocidas se echaban las faldetas sobre la cabeza, por detrás. Por eso se decía que “Si llueve para los higos, en el invierno habrá brujas”.

 

Envasado de higos

 Solo pasar la fiesta del Pilar ya empezaba la temporada de envasar o encajonar los higos secos: los almacenes empezaban a comprar partidas de higos que los agricultores ofrecían para vender, y las mujeres fragatinas se contrataban en los almacenes para la labor de su envasado. La mayoría de las mujeres de Fraga, entre 15 y 60 años, trabajaban en la labor de envasado de higos, recordándose hasta unas 300 mujeres por temporada. También había algún hombre, dedicado especialmente a montar los cajones de madera, aunque también lo hacían mujeres.

Los almacenes encargaban a ciertas mujeres la labor de “corredoras” que consistía en ir por las casas a inspeccionar las partidas de higos y comprarlas para el almacén. Según el movimiento del almacén, tenían una o varias corredoras. Tras ver una partida, negociaba el precio con la familia, a tanto la arroba, según cantidad y calidad, y siguiendo lo marcado por el dueño del almacén, aunque tenían libertad de subir algún duro más. Cuanto más blancos eran los higos, mejor era el precio, aunque entre los almacenistas se ponían de acuerdo para pagarlos todos casi igual.

Se diferenciaba la partida de monte de la de huerta: la de monte era más blanca y se pagaba mejor, la de huerta eran higos más morenos, pero más melosos y buenos para comer, pero se priorizaba la vista. Si alguna familia tenia la partida algo floja, se procuraba conquistar a la corredora con alguna propina, para que la comprase.

En hacer el precio ya quedaban los higos comprados, si bien los guardaban en la propia casa hasta que el almacén tuviera necesidad de ellos. Cuando los pedían desde el almacén, volvía a ir la corredora, para controlar el producto, se cargaba y se llevaba al almacén. Primero se pesaban en el almacén, pero después hicieron un peso municipal, en el Segoñé, y ya se iba a pesar allí las partidas.

En cada almacén se hacia un gran montón de higos con las partidas que iban llegando. Para el envasado, las mujeres se sentaban en mesas especiales, diseñadas para este trabajo. Para que no se tuvieran que levantar, una mujer, que trabajaba “de dreta” (de pie), las servia, tomando higos del montón y poniéndolos sobre la mesa y retiraba los cajones llenos. Cada mesa tenia 6 u 8 “pasterons” que eran unos cajones bajos superpuestos a la mesa, dividiéndola en zonas, la mitad a cada lado, y que contenían los higos secos. Delante de cada mujer quedaba sitio para apoyar el cajón que tenían que llenar.

Las mujeres iban escogiendo los higos, los aplanaban y apilaban, haciendo “barras” (como columnas de higos), que iban poniendo ordenadas en los cajones, en distintas capas o tapas. Los más blancos los guardaban para la capa de encima, en la que, además, elaboraban “mostres” o figuras decorativas y adornos con los higos, a las que daban nombres como: la botella, la Virgen del Pilar, el tejado, espigas, conchas,… etc, a base de doblar y combinar los higos de diferentes formas, haciendo dibujos.

El cajón más habitual era el de arroba (10 kilos), que media: 48 cm. de largo, 18 cm. de ancho y 14 cm. de alto. Llevaba cuatro tapas de higos, en barras. También se hacia cajones de media arroba y cuartillas, que llevaban dos y una tapa de higos cada uno, pero su producción era menor. Las cuartillas, como solo llevaban una capa de higos, se hacia con higos de flor, y con dibujos, figuras y adornos, como se ha descrito. También se hacia algunos cajones pequeños de un kilo. Los trabajos delicados los hacían las más experimentadas, pues, con los mismos higos, sacaban mejor rendimiento de vistosidad.

El cajón de arroba se hacia así: (a) al fondo: dos barras de punta a punta, con los higos más grandes, y para llenar el hueco, de barra a barra, pequeños “cartuchos” o pilas transversales de higos más pequeños; (b) las tapas centrales: todo lleno con “cartuchos” o barras cortas, de lado a lado, atravesados; (c) la tapa de cencima: se hacia similar a la del fondo, con dos barras largas y cartuchos al medio, pero se hacia con los higos más blancos que se habían ido guardando, bien trabajados y planos. Cada higo, al colocarlo, se ponía su lado más blanco hacia arriba (excepto en la capa del fondo, en que se ponía cara abajo)

Cuando habían terminado de hacer la tercera capa del cajón de arroba, se esperaban a hacer la capa de encima todas juntas, ayudando a las más retrasadas. Cuando estaban listas todas, una daba la voz de “¡Va de barra!”, y todas empezaban la tapa a la vez. Cuando les faltaba muy poco para terminarla, añadían por encima los higos que suponían les faltaba por poner y entregaban el cajón a “la dreta”, para que lo pesara y ajustara el peso exacto de una arroba, madera aparte, y luego terminaban de hacer la tapa de encima. Como final se le ponía el papel de tapa y se cerraban los papeles laterales, para que los higos no tocasen a la madera de cierre que después le ponía el “encllavadó” o montador de cajas.

Se les pagaba a tanto el cajón, y normalmente hacían 6 cada día. Un cajón costaba más de una hora de hacer. Si había demanda, hacían algunas horas más y sacaban dos o cuatro cajones más al día. Esto era una fuente de riqueza para Fraga, pues en aquellos tiempos no había apenas trabajos para las mujeres, y las de Fraga eran y son muy trabajadoras.

Además de ganar un buen dinero, se lo pasaban muy bien, hablando y riéndose mucho, y también cantando, ya todas juntas, ya haciendo cantar solas a las mejores, sobre todo jotas, y también canciones tradicionales. El ambiente era bastante bueno, y cuando ya llevaban una temporada encajonando juntas, ya quedaban como de familia.

A la mujer que criaba le llevaban el bebe para que le diera el pecho, normalmente la abuela, que hacia de niñera, o la niña mayor. Cuando llegaba el bebe, su madre apartaba el cajón, se lavaba las manos en un pequeño balde, y sin moverse del sitio daba de mamar al bebe. Al acabar se lo devolvía a la abuela y volvía a la labor de encajonar, debiendo apresurarse para alcanzar a las demás.

Se lavaban las manos dos veces en cada cajón, pues se ponían pegajosas de los higos y a alguna le salía problemas de piel, pues el higo es agresivo a la piel.

Para aprender a encajonar algunas se iniciaban con su madre o alguna pariente; eso hacia que la que enseñaba tenia que trabajar casi el doble y arreglar lo que la otra hacia mal, hasta que fuera aprendiendo. Otras empezaban una temporada de “dretes”, y al oír el grito de “higos”, tenia que ir aprisa con el “cabas” o capazo a poner higos, y además sacar y poner cajones a todas las de la mesa. Era muy pesado.

De los higos comunes se elaboraba el “pá de figues” o pan de higo, usando una maquinilla de moler carne. Añadían confites y almendra picada. Alguna vez hacían para la tropa, y para hacerlo barato solo ponían matalahuga (anís).

Todos los carros de Fraga trabajaban para llevar los cajones de higos hasta Lérida, al tren, para la exportación.

Se empezó a poner higos que traían de otros pueblos, y otras calidades, como higos de Fraga. Se aceptaban los de Torrente, Velilla y Massalcoreig, como pueblos vecinos, pero no se aceptaban los de pueblos más alejados, por su baja calidad. Se sabe de una ocasión en que se llego a quemar cajones de higos forasteros en el medio del Segoñé. Todo esto llevo a asociarse y crear la marca registrada “Higos de Fraga”.

El Ayuntamiento encargó a la Asociación “Los Amigos de Fraga” la administración y regulación de la marca “Higos de Fraga”, creándose un Consejo Regulador de la marca el 14 de Agosto de 1929. Un poco después se asistía a participar en el “Primer Congreso Internacional de Exportadores e Importadores de Frutos de España”, celebrado en Barcelona en Setiembre de 1929.

La marca de “Higos de Fraga” era obligatoria para todos, estando registrada a nombre del M.I.Ayuntamiento de Fraga, que era quien debía recaudar las cuotas de los almacenistas.

A mitad del año 1931 se llegó a realizar un estudio para construir una fábrica-cooperativa de destilación de alcohol, usando como materia prima los higos de menor calidad; pero no se llegó a realizar.

Se sabe que las mujeres que iban a encajonar realizaron una huelga en 1933, y que era la primera huelga de mujeres de la comarca, siendo en total unas 250 mujeres, que reclamaban y consiguieron la jornada de 8 horas y un aumento salarial, de parte de los cinco almacenistas que trabajaban entonces.

 

Arranque de higueras

 La decadencia de las higueras en Fraga fue debido a varias causas: algunos cambios de cultivo, al pasar de trigo, cebada y habas (que dejaban las tierras durante el verano en rastrojo, lo que a las higueras les iba muy bien) a cultivar mucho maíz,. que se abonaba con amoniaco, un abono muy fuerte que requería fuertes riegos de la tierra, riegos que perjudicaron al cultivo de los higos. Otro cultivo perjudicial fue el algodón, que de poco pasó a extenderse por toda la huerta, arrancando muchas higueras. Algunos opinan que fue una tremenda plaga, que perjudicó la cosecha dejándola casi sin “partida”, solo higos comunes.

Parecía que todo se confabulaba para hacerlas desaparecer, pero los problemas ya venían de la caída de mercado, teniendo que llevarlas a vender sin precio, primero algunos y al final todos, y cobrar al final de temporada. Todo esto hizo mirar a los fragatinos hacia los pueblos vecinos de Cataluña, que ya llevaban unos años con plantaciones de frutales: peras, manzanas, melocotón y otras. Se fue cambiando rápidamente las higueras por estos arboles frutales, dejando solo algunas higueras en las orillas de los campos. Además, las nuevas técnicas de conservación de fruta y las mejoras del transporte permitía regular la demanda, prolongar la venta y hacer llegar la fruta fresca a los clientes, desmereciendo el trabajo de secar y encajonar los higos para su conservación, labor muy artesanal, cada vez más cara y poco rentable.

No obstante, aunque en menos cantidad, siempre se ha seguido con el cultivo de los higos, solo que cambiando a comercializarlos en verde, sacando producciones del orden de 50.000 arrobas de higos verdes, secando solo cantidades mínimas, por el trabajo que representa.

Durante bastantes años se elaboró unos pastelitos hechos de higo seco con almendras, creación de la pastelería Galicia, comercializado con el nombre registrado de “Rosinas de Fraga”, vendiéndose estuchados, con gran aceptación del turismo y de toda la gente que las degustó.

Hoy, además del comercio del higo verde, la industria Kiosco Casanova sigue encajonando higos secos y pan de higos, principalmente cara al turismo, en pequeñas cajitas adornadas o mezcladas con otros frutos secos.

 

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comentarios
  1. Interesante recopilación de datos, que refleja muy bien el ambiente social, laboral y económico de la población aragonesa de Fraga, en una época en que a consecuencia de la gran demanda generada por los países contendientes en la Primera Guerra Mundial, supuso para España un periodo de dinamismo laboral y pujanza económica.
    Sin detrimento de lo anterior, nos hubiera gustado conocer el nombre de la variedad del higo blanco de Fraga o cuando menos las peculiaridades del mismo y de la higuera que lo produce, para poderlos identificar o distinguir de otos, como el higo blanco de Maella que no lejos de Fraga, ha destacado también en la producción de este fruto.

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